Los alimentos del hombre de Calderón

Calderón de la Barca, Pedro. Los alimentos del hombre. Ed. Miguel Zugasti. Kassel: Reichenberger / Pamplona: Universidad de Navarra, 2009. 342 pp. (ISBN 978-3-937734-75-0)

Escribí una reseña de la edición de este auto sacramental en RILCE, 28.1, 2012, pp. 276-279 (actualmente disponible aquí). A continuación algunos párrafos de la misma:

El estudio comienza indagando en las celebraciones del Corpus Christi de 1676, a partir de las memorias de apariencias y demasías de Los alimentos del hombre que se guardan en un legajo del Archivo de la Villa de Madrid. Si bien, como Zugasti reconoce, es extremadamente difícil determinar los textos breves que acompañaron la representación de los autos debido a su carácter acomodaticio (dichos textos eran intercambiables, por lo que podían emplearse en distintos festejos), uno de los aportes notables de su edición es la recuperación del vínculo con una de dichas piezas: la loa. En este sentido, siguiendo las investigaciones de Rafael Zafra, Zugasti recupera la loa del auto: la llamada Loa del reloj. Empero, nos recuerda que la conexión entre loa y auto: “nunca se sintió como algo fijo e inamovible” (p. 17), lo cual ejemplifica el recorrido de esta pieza breve, pues su vínculo con Los alimentos del hombre desapareció en los impresos del siglo XVIII, en los que aparece unida a los autos El tesoro escondido y A tu prójimo como a ti mismo. Aunque el crítico no consigue recuperar el resto de piezas breves que acompañaron al auto, recoge y organiza la información que se tiene hasta el momento sobre la música y las danzas que completaron su estreno.

Sobre el argumento, se sigue el paradigma compositivo de un juicio; en este caso concreto se trata de un pleito por alimentos que, de acuerdo con el investigador: “nuestro dramaturgo conduce magistralmente, guardando un total equilibrio entre el plano literal del juicio y el alegórico” (p. 27). Así, el auto se inicia con la expulsión de Adamo del Paraíso por haber cometido el pecado original. Su Padre, quien había fundado un mayorazgo en favor de su hijo y sus descendientes, revoca la donación del mismo y se la entrega a Emanuel, su segundo hijo, quien se convertirá en el intercesor de su hermano. Fuera del Paraíso, Adamo despide a la Razón Natural y se entrega al Apetito, de lo que no tarda en arrepentirse, pues este solo puede ofrecerle “hambre fiera”. Luego, presencia el desfile de las cuatro estaciones, las cuales, cumpliendo la orden del Padre, le niegan la asistencia que les solicita y solo le entregan varias herramientas (azada, hoz, podadera y cayado) para que Adamo consiga el sustento por sí mismo: este, sin embargo, desnudo y sin fuerzas, no es capaz de emplearlas. Se queja por lo lastimoso de su condición (versos que recuerdan las quejas de Segismundo en La vida es sueño) y sus lamentos son respondidos por Razón Natural, quien le revela que el derecho natural no permite a ningún padre negar el sustento a su hijo y encaminarlo a la mendicidad. Así se configura el ámbito jurídico-legal por el cual avanza el auto.

Desde su mismo título, se anuncia el espacio en el que se moverá el auto, puesto que, como el estudioso apunta: “alimentos, además del sentido recto de ‘viandas o vituallas’, es voz que juega disémicamente con el significado legal de ‘las asistencias de maravedís que dan los padres a los hijos’” (p. 38). En este sentido, se debe resaltar el detallado trabajo de anotación que el académico ha realizado en lo que se refiere a las voces jurídico-legales (agente, artículo, concluir, decir, definitiva, etc., listadas bajo un rótulo del mismo nombre en el índice de notas), necesario para poder entender a cabalidad los juegos que el texto plantea entre sus distintos sentidos: el mero sentido nutricional, el sentido judicial o legal, y el sentido alegórico o trascendental.

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Archivado bajo Calderón de la Barca, Crítica textual, Reseñas

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