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El cuento fantástico en el Romanticismo hispanoaméricano

El año pasado dediqué una entrada a la publicación de Cuentos fantásticos del Romanticismo hispanoamericano de José María Martínez. Recientemente se ha publicado una reseña mía sobre dicho libro en Rilce, la cual puede consultarse aquí.

Cuentos fantásticos del Romanticismo hispanoamericano

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«Espiritismo» de Juana Manuela Gorriti

Durante  el siglo XIX, hubo una importante y activa participación femenina dentro de los círculos intelectuales limeños, dominados hasta ese momento por hombres. Por ello, Mercedes Cabello de Carbonera, Clorinda Matto de Turner, Carolina Freire de Jaimes, Teresa González de Fanning y Juana Manuela Gorriti son una suerte de «pioneras», pues fueron las primeras mujeres en ingresar al ámbito del discurso público.

Juana Manuela Gorriti destaca dentro de este conjunto. Nació en Horcones (Argentina) en 1818. Hija del general José Ignacio de Gorriti, su familia tuvo que emigrar a Bolivia en 1831  tras la derrota de los unitarios. Dos años después se casó con el militar boliviano Manuel Isidoro Belzú. Desterrado por conspirar contra el gobierno de José Ballivián, Gorriti acompañó a su esposo a Lima. En 1843 Belzú regresó a su país, pero ella permaneció en la capital peruana, donde organizó y presidió las llamadas «veladas literarias», en las que participaron los principales intelectuales peruanos (Ricardo Palma, entre otros) de aquella época.

Escribió cuentos y novelas que fueron publicados en distintos diarios y revistas sudamericanos y europeos. El que recojo a continuación es un breve relato que muestra el cultivo de lo fantástico en su narrativa. En este sentido, como Mizraje* señala, el espiritismo sirve:

para abrir una nueva posibilidad narrativa y lindar con lo fantástico. Usurpa algo del lugar adjudicado al sueño o a la locura en las explica­ciones argumentales y allí sí va a disputar algunos dominios de las ciencias “puras” (como la medicina) o incluso impuras (como la psicología). Ensancha, en consecuencia, los topos litera­rios.

De acuerdo con García Martínez (quien lo ha incluido en su reciente antología), la primera versión conocida del relato fue publicada en Misceláneas (Buenos Aires: Imprenta Biedma, 1878, pp. 112-113). En cambio, Mizraje señala que apareció, bajo seudónimo, el mismo año en La alborada del Plata, revista fundada por Gorriti.

Espiritismo[1]

Una pobre costurerita de la calle de Santa Fe[2] salió una noche de su casa, entre once y doce, para esperezar[3] el cuerpo y dar un poco de aire a sus pulmones rendidos por el trabajo.

La calle estaba desierta y la muchacha iba a retirarse, cuando vio pasar delante de ella un joven, casi un niño, que deteniéndose a pocos pasos, púsose a tocar una flauta dulcísima que cautivó su oído, fijándola inmóvil con un pie en el umbral de la puerta y el otro en la vereda.

El joven se alejó así afuera, tañendo siempre el melodioso instrumento, y la muchacha quedose escuchándolo en un extraño arrobamiento.

De repente creyó ver que las casas se movían y caminaban, dirigiéndose al interior; y tras de ellas la campiña, que cual una marea, invadió la ciudad.

Y escuchaba siempre la flauta de dulce voz que tañía alejándose…

… Los rayos del sol, cayéndose perpendiculares sobre su cabeza, despertaron a la joven costurera, que se encontró vagando en un campo desierto, roto el calzado y los vestidos mojados con el rocío de la noche.

Unos pastores vascos que acertaron a pasar por allí dijéronla que se hallaba una lengua más allá de Saavedra[4].

Eran las doce del día. ¿Qué había sido de ella en ese espacio de doce horas del que no tenía conciencia alguna?

¡Misterio!

Juana Manuela Gorriti


* De acuerdo con Mizraje, Gorriti representa el «paradigma de las vi­siones locales en torno al fenómeno del espiritismo». Si en 1874, anota en su diario el orgullo que le provoca que su hija se iniciase en los misterios del espiritismo, once años después lamenta que «hombres de alto mérito» como José Hernández creyesen en este «disparate».

[1] He seguido el texto de Martínez, pero adecuando la puntuación a las normas vigentes. La excepción han sido los puntos suspensivos, que he mantenido tal cual, porque marcan el vacío que se produce en la historia.

[2] calle de Santa Fe: durante la época virreinal fue el Camino a Santa Fe. Renombrada varias veces, en 1822 fue bautizada como Calle Santa Fe. Actualmente es una de las principales avenidas de la ciudad de Buenos Aires.

[3] esperezar: desperezarse.

[4] Saavedra: en su edición del cuento, Martínez considera que se refiere a la localidad del Partido de  Saavedra, en la provincia de Buenos Aires. Sin embargo, también podría referirse al barrio de Saavedra, fundado en 1873, en el extremo norte de la ciudad de Buenos Aires.

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